Javier Milei justificó su distanciamiento de la prensa y tildó a los medios de «máquinas de mentir»

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El jefe de Estado aseguró que, antes de ejercer la función pública, tomaba las crónicas de prensa como válidas. Sostuvo que estar «del otro lado del mostrador» le permitió descubrir que consumía información falsa.

En una nueva manifestación de la tensa e histórica disputa que mantiene con los profesionales de los medios de comunicación, el presidente Javier Milei ensayó una explicación conceptual sobre la hostilidad y desconfianza que profesa hacia el ejercicio de la prensa local. Sus declaraciones se inscriben en una retórica consolidada por la administración libertaria, la cual ha optado por canales de comunicación directa y plataformas de redes sociales para puentear la intermediación de los cronistas tradicionales.

El mandatario nacional justificó su postura argumentando un proceso de desilusión personal respecto de la rigurosidad de los datos que circulan en el debate público. Según la óptica presidencial, el acceso directo a los resortes de la información oficial y a las estadísticas puras del Estado le sirvió como un elemento de contraste para dictaminar que una parte sustancial de la agenda de los medios masivos carece de correlato con la realidad material.

El quiebre conceptual: de consumidor a gobernante

El núcleo de la argumentación presidencial radica en el cambio de posición relativa que experimentó al pasar de la actividad académica y la consultoría privada a la máxima magistratura del país. «Una de las cosas de las que yo me di cuenta, estando de este lado del mostrador, es que son máquinas de mentir. Mienten todo el tiempo», disparó el líder de La Libertad Avanza, utilizando una metáfora comercial para ilustrar el quiebre de su confianza institucional.

El jefe de Estado confesó que, en su etapa previa a la gestión pública, estructuraba análisis y tomaba decisiones bajo la premisa de que las publicaciones periodísticas gozaban de veracidad elemental. Sin embargo, la experiencia en la cúspide del organigrama estatal alteró de cuajo esa valoración: «Yo, que antes tomaba esa información como buena, me di cuenta de que me la pasaba comiendo pescado podrido», concluyó en lenguaje llano, tildando los reportes globales de la prensa de «basura» informativa.

El impacto institucional de la confrontación directa

La cruzada discursiva de Milei contra el periodismo no se limita a un mero descargo verbal, sino que ha moldeado la política comunicacional de la Casa Rosada. El Poder Ejecutivo ha reducido de forma ostensible las conferencias de prensa tradicionales, limitando los accesos a acreditaciones en la sala de periodistas y privilegiando las entrevistas con analistas afines o transmisiones en directo por plataformas de streaming.

Desde el entorno oficialista defienden estas diatribas señalando que el Presidente ejerce su derecho a la réplica y la libertad de expresión para desmantelar operaciones de prensa y monopolios informativos que buscarían esmerilar el programa económico de desregulación. No obstante, las principales asociaciones profesionales de prensa y entidades internacionales de control de la libertad de expresión han manifestado de forma reiterada su preocupación, advirtiendo que la sistemática estigmatización presidencial sobre los periodistas erosiona la calidad del debate democrático y fomenta climas de hostilidad laboral para los trabajadores de prensa.

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